Rodolfo Mingarini – Santa Fe. Un fallo. Tres jueces. Una absolución.
Y después, el ruido.
El diputado provincial Fabián Palo Oliver pide el jury. No para revisar una sentencia. Para algo más simple y más inquietante: marcar un límite.
La escena es conocida. Primero el caso. Después la reacción. Después la amplificación. Y finalmente, el mensaje.
Se pasa de la revisión a la sanción. De la discrepancia al disciplinamiento.
Porque esto no es sobre Juan Trigatti. Es sobre lo que pasa cuando un tribunal absuelve.
El sistema tiene reglas básicas. Las sentencias se revisan. Se apelan. Se corrigen. Para eso existen las instancias superiores. Para eso existe la Cámara. Para eso existe todo el edificio judicial.
Pero acá el camino es otro.
Se pasa de la revisión a la sanción. De la discrepancia al disciplinamiento.
Y ahí empieza lo interesante.
Porque cuando el contenido de una sentencia se convierte en motivo de jury, el problema deja de ser jurídico. Pasa a ser político. Y, en algunos gestos, peligrosamente pedagógico.
El mensaje no necesita ser explícito. Se entiende igual.
No te apartes. No incomodes. No absuelvas.
Si lo hacés, no alcanza con que te corrijan. También te exponen.
No te apartes. No incomodes. No absuelvas.
Si lo hacés, no alcanza con que te corrijan. También te exponen.
No es nuevo. Funciona.
Empieza con un caso incómodo. Se justifica con argumentos excepcionales.Y después se naturaliza.
Una lógica de advertencia. De esas que no necesitan decir demasiado para ser efectivas.
En paralelo, otro movimiento.
